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Collection Hispano Music and Culture of the Northern Rio Grande: The Juan B. Rael Collection

Los Nuevo Mexicanos del Río Grande del Norte: Cultura, Historia y Sociedad

En el verano de 1940, el profesor y lingüista de la Universidad de Stanford Juan B. Rael, volvió a su tierra natal en el norte de Nuevo México y el sur de Colorado para grabar las tradiciones religiosas y musicales de su gente. Los "Spanish-Americans" como se llamaban en inglés antes de la Segunda Guerra Mundial, o los nuevomexicanos o hispanos, como ellos mismos se llamaban, desarrollaron una cultura regional única a través de casi cuatro siglos de historia desde la fundación de la colonia en 1598.

Mapa de The New Mexican Alabado por Juan B. Rael

Lo que con el tiempo llegó a ser la patria chica de los hispanos, el Río Grande del Norte es una vasta y árida región definida por el río que le da vida descendiendo por las laderas precipitadas de las cordilleras sureñas de las Montañas Rocosas, por los hermosos valles y mesetas desoladas del norte, al desierto chihuahuense del sur. Es la región ancestral de los sedentarios indios "de pueblo" de las culturas tano y queres que cultivaban los valles del Río Grande y regaban sus cosechas con sus aguas. Las culturas nomádicas athabascas (las tribus apache y navajó) y shoshonis (las tribus yuta y comanche) andaban y cazaban por sus sierras y desiertos, llevando su comercio y sus guerrillas a los indios pueblo.

Como la legendaria riqueza mineral de la región no fue más que un mito, la justificación principal de la Corona española para mantener la remota y pobre colonia fue la gran población de nativos que representaban una cosecha notable de almas para la iglesia. Pero los métodos demasiado rigurosos de los padres franciscanos a cargo del proyecto causaron la Rebelión de los Indios Pueblo de 1680 que restauró la religión autóctona. Después de la Reconquista de 1692 y la nueva colonización de la provincia, las diferencias entre los indios y los pobladores españoles mexicanos se olvidaban cuando se unín para defender sus comunidades de las depredaciones de las tribus nomádas que rodeaban el valle del Río Grande. Mejor armados y montados, estos enemigos pusieron en duda el futuro de la colonia en muchas ocasiones.

Cuando las terribles guerras con los comanches terminaron con el Tratado Comanche de 1786, las fronteras de la colonia estaban suficientemente seguras para ser pobladas. Con la presencia del Ejército de los Estados Unidos después de 1846, la protección de los yutas, navajoses y apaches se logró también. Dentro de un siglo, una colonia el tamaño de Connecticut se extendió en todas direcciones para ser una patria chica del tamaño del gran estado de Utah.

A pesar de la falta de respeto por parte del gobierno americano hacia sus derechos civiles y de propiedad garantizados por el Tratado de Guadalupe Hidalgo, los hispanos fueron los primeros pobladores del estado de Colorado. En la década de 1880, esta expansión se ri ó reducida por la competencia con los inmigrantes angloamericanos y la pérdida masiva de tierras en el sistema legal norteamericano. Durante las controversiales deliberaciones de la U.S. Court of Private Land Claims entre 1891 y 1904, casi treinte y tres millones de acres fueron perdidos a los ya famosos abogados del "Ring de Santa Fe" y un Gobierno Federal que todavía actuaba bajo la influencia poderosa del mito del Destino Manifiesto. Pero muchos pueblitos lograron sobrevivir a pesar de perder sus tierras comunales.

Siempre buscando nuevo pasto para sus rebaños, los pobladores hispanos salieron del valle de Taos, ya que la alianza con los indios del pueblo no fue necesaria para sobrevivir. En 1815, Arroyo Hondo, el pueblo natal de Juan B. Rael, fue fundado al norte de Taos. En la década de 1850, el valle de San Luis, en Colorado, fue poblado a pesar de las diferencias iniciales con los yutas. Los pobladores independientes ya conocían los rigores de la vida de la frontera y siempre fueron responsables por su propio bienestar, la defensa de sus comunidades, y el mantenimiento de sus tradiciones religiosas.

Como los pocos padres que venian a Nuevo México eran asignados a las misiones de los indios, los pobladores hispanos en las áreas remotas raramente gozaban de sus servicios. En las últimas décadas del siglo XVIII, el vacío institucional fue llenado por la aparición de una organización religiosa cuya influencia social y cultural fue una de las fuerzas principales del siglo XIX en la región. La Hermandad Piadosa de Nuestro Padre Jesús Nazareno, popularmente conocida como los Penitentes, cumplió con los mismos deberes que las cofradías, sodalidades, y grupos religiosos se encargaban de hacer en toda América Latina. En las zonas fronterizas como Nuevo México fueron instrumentales para la supervivencia de las comunidades que servían. Los hermanos penitentes organizaban fiestas, servicios de la Cuaresma y Semana Santa, rosarios, velorios de santos, bodas y velorios para difuntos por todo el año en sus "moradas" o capillas privadas. Con el permiso de sus madres y esposas, los jóvenes se incorporaban y aprendían a respetar la autoridad moral y cívica de los líderes de la cofradía.

Los "Hermanos" como prefieren ser llamados, participaban en la resolución de disputas, la distribución de agua, y casi todas las decisiones que tenían que hacerse en común. También aseguraban fue se cuida a las familias necesitadas. Como la organización más fuerte a nivel popular las hermandades, llegaron a ser la base de la participación en los nuevos procesos políticos y formaron verdaderos bloques de votos en elecciones.

Los orígenes de la Hermandad siguen siendo todaví a un misterio. Algunos investigadores han señalado ciertas semejanzas con el Tercer Orden de San Francisco, especialmente si se toma en consideración que Nuevo México era una provincia franciscana. Otros sospechan que la Hermandad llegó ya completamente formada del sur de España, donde hay cofradías parecidas y del mismo nombre en la región de Sevilla. Los Hermanos se dedican al ejemplo de auto-sacrificio de Jesús en su Pasión, y observan devociones penitenciales bastante conocidas en España y América Latina. Sintiéndose culturalmente y políticamente amenazados por los Hermanos, los americanos recién llegados a Nuevo México condenaron y exageraban las prácticas de la Hermandad, que fue obligada a operar en una clandestinidad parcial. Después de generaciones de persecución y crítica, la iglesia por fin hizo se reconcilió con los Hermanos en 1948, y desde entonces ha reconocido formalmente las contribuciones y liderazgo de la Hermandad. Después de un pérdida de miembros después de la Segunda Guerra Mundial y un periodo de decadencia que duró hasta la década de 1960, la Hermandad ha renacido en las décadas de 1980 y 1990.

A través de los siglos, los Hermanos han desarrollado un ciclo extraordinario de ritos y oraciones, culminando en el drama de la Via Crucis y el servicio de las Tinieblas. Cada momento de este proceso ritual se acompaña por un hermoso "alabado," un tipo de himno propio a la región. Es este extraordinario repertorio de música religiosa que captó el interés de Juan B. Rael, no como musicólogo, sino como folklorista y lingüista.

El dialecto de castellano típico de la región es un reflejo de la cultura, mezclando elementos del español peninsular del siglo XXVII con vocabulario derivado del contacto con las lenguas indígenas, notablemente el náhuatl de los aztecas, y con una relación contemporánea con el inglés. Tan íntima es esa relación que los dos idiomas a veces se usan simultáneamente en secuencias alternadas. Rael compiló la mayoría de sus datos lingüísticos con su colección de cuentos, pero en el verano de 1940, volvió a su patria chica para grabar los alabados y los cantos del ciclo de autos o drama popular, notablemente "Los Pastores" y "El Niño Perdido."

Los veranos son breves y exuberantes en los altos valles y mesetas del Río Grande del Norte y la cordillera sureña de las Montañas Rocosas, conocida como la sierra de la Sangre de Cristo. Había siembras temporales de trigo y frijoles pintos, manzanares cuidadosamente regados, y largas y angostas milpas de papas, maíz y legumbres como las habas, bien acostumbradas a las alturas. El verano de 1940 los campos fueron especialmente bien atendidos. Para junio, o tan pronto como las nieves de las alturas se derretían, los hombres y jóvenes ya se encontraban en la sierra cuidando grandes rebaños de ovejas. Después de los tiempos difíciles de la Depresión, solamente algunos animales pertenecían a sus pastores que trabajaban bajo estrictas reglas de partida. La lana era el único producto que se podía vender y el vínculo principal a la economía nacional. En el español propio de la región, la "lana" todavía es sinónimo de dinero. Con la caída de la economía regional en la década de 1930, la gente dependía de lo que siempre le había sostenido en el pasado, la agricultura de subsistencia.

En 1940, los cañonazos de la Segunda Guerra Mundial sonaban todavía lejanos, y el verano en la región parecía como un hilo de esperanza entre tormentas. El ciclo devastador de la Gran Depresión fue paralizado, hasta cierto punto, por el programa "New Deal" del Gobierno Federal. Los ingresos perdidos de la deterioro del empleo temporal en las minas y campos de betabel de azúcar en Colorado fueron suplidos en parte por los programas de bienestar y las oportunidades de trabajo con el "Civilian Conservation Corps" y la "Works Progress Administration." La gente se reía del "diablo a pie," porque así sonaba la pronunciación en inglés de las iniciales del programa "WPA." A la gente hispana le impresionaba el respeto mostrado a sus tradiciones culturales por los trabajadores de los proyectos de recolección del folklore y los organizadores de los talleres de artesanías regionales. Estaban listos para compartir su música con Juan B. Rael, el joven profesor de Arroyo Hondo que había hecho una distinguida carrera universitaria.

Por generaciones después de la invasión del ejército norteamericano en 1846, la educación tenía lugar primordialmente en el hogar, donde los padres usaban los periódicos en español para enseñar a sus hijos a leer. En 1880, el año en que comenzó la educación pública en Nuevo México, había más de cuarenta periódicos en español, y todos publicaban poesía, canciones, corridos y selecciones literarias, además de las noticias. Una canción satírica en la colección de Rael se burla de los suscritores y lectores, hombres y mujeres, por presumir que sabían tanto del mundo. En dos elecciones antes de 1880, propuestas para la educación pública habían sido derrotadas por los votantes por miedo a que su lengua y cultura fueran eliminadas de las escuelas tan pronto como fuera implementada.

La Segunda Guerra Mundial terminó definitivamente con la Depresión y creó un éxodo masivo de no solamente soldados, sino tambien de familias enteras hacia las ciudades para trabajar en las industrias militares. En la década de 1950 hubo una disminución de la población de los pueblitos, en combinación con una fuerte presión para su asimilación y americanización. La generación de post guerra mostró una pronunciada tendencia hacia la pérdida del español y la devaluación cultural. Entonces con los movimientos políticos y sociales de las décadas de 1960 y 1970, un creciente orgullo regional y étnico estimuló un renacimiento cultural, literario y artístico. Nuevas olas de inmigración de angloamericanos también causaron una revaluación del lugar de los hispanos en la sociedad norteamericana. Una reorientación de la política educativa de la asimilación al pluralismo cultural, también abrió un espacio en que los hispanos podían honrar sus propias tradiciones culturales.

Mucho del material musical que Juan B. Rael grabó en el verano de 1940 todavía se puede escuchar hoy, no por la falta de cambio, sino por un profundo sentido de continuidad y supervivencia cultural. El repertorio religioso queda intacto y se canta todavía en las moradas de los Hermanos Penitentes. Los valses y polkas que Rael encontró en los salones de baile han sido reemplazados por la música americana "rock" y "country" y la música en español "tex-mex" y mexicana de la radio y las "rockolas." Las tonadas clásicas de violín y guitarra ahora se pueden escuchar en los Centros de Ancianos y los festivales de música folkórica. La cultura, lengua y música de los nuevomexicanos del Río Grande del Norte florecen todavía.

Enrique R. Lamadrid
Universidad de Nuevo México

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